martes, 3 de marzo de 2020

La perversa fe de las masas

¿Cuándo dejaremos de ser seguidores de líderes carismáticos y empezaremos a ser ciudadanos? Desear que le vaya bien a un presidente, de Nayib Bukele a Andrés Manuel López Obrador, también implica criticarlo cuando falla.
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El autor es escritor y periodista.

WASHINGTON — Miles, millones de personas han abrazado la fe y se golpean el pecho de amor y orgullo cuando ven a Donald Trump, Jair Bolsonaro, Nayib Bukele, Evo Morales o Cristina Fernández.
Son las masas: los creyentes. Votan gobiernos abiertamente autócratas o autoritarios y en ocasiones de vocación totalitaria que recortan derechos y flamean soluciones milagrosas (e imposibles). Y lo hacen porque, por fin, los han escuchado. No importa si son candidatos misóginos, xenófobos y racistas; mentirosos y corruptos; sectarios y violentos. El enojo y frustración de esas masas de votantes creyentes al fin encontró justificación: alguien les dice lo que querían oír.
El resultado: la calidad democrática de nuestros países no ha mejorado con los mesianismos. En nombre de una entelequia que llaman “pueblo” y solo existe en tanto les rinda culto, muchos de los nuevos líderes de los últimos treinta años se han cargado instituciones, gobiernos, economías, futuros. Trabajaron para convertir a ciudadanos en devotos.
Pero hay camino. A las democracias latinoamericanas no las salvarán sus jefazos sino algo más pedestre: nosotros. Sus ciudadanos.

Vivimos tiempos turbulentos. La política de los sentimientos patea en el piso al racionalismo. Podemos explicar mil veces qué está mal, y dará igual: mientras un elector sienta que el líder lo representa —incluso con caos y brutalidad—, seguirá idealizándolo.
Y todo mesiánico saca provecho de la fe de las masas para perpetuar su credo personalista sin importarle el daño que produzca a la calidad democrática. ¿Para qué división de poderes si es más práctico cuando uno solo decide? Síganme, no los voy a defraudar, reclamaba uno. Créanme, pedía Trump. Si no me votaron, no tienen igual derecho a criticarme, sugirió Andrés Manuel López Obrador. Dios me pidió paciencia, apostoló Bukele.
Pues bien, hay límites a la fe ciega y esas fronteras las dibujan colectivos e individuos que cuestionan, reclaman derechos y piden cuentas cuando desde el poder se les pide —u ordena— silencio, obediencia o fe. Al cabo, la mejor inteligencia, defendía Susan Sontag, tiene naturaleza crítica, dialéctica, escéptica y compleja.
Cuesta entender cómo, con tanta agua corrida bajo el puente de la Historia, puede haber tantos que eligen creer antes que hacer su trabajo como ciudadanos: criticar, exigir, demandar más y mejores derechos. No comprar una sola palabra de un demagogo. Dudar.
No es que no lo hayan hecho, claro: si votaron al líder mesiánico para vociferar su cabreo con el statu quo es innegable que se activaron como ciudadanos. ¿Pero por qué bajaron la guardia? ¿Por qué decidieron que ya no era necesario seguir movilizados? ¿Por qué renunciar a la voz, la identidad personal y zambullirse en un colectivo anonimizado?

Fuente: The New York Times

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